Por Ubaldo Cuadrado y Raquel Fernández Megina
Vicepresidente y Presidenta de Nofumadores.org
En España sigues temiendo sentarte en una terraza a comer, en las descubiertas también. Vas a otear las mesas y tratar de ver con la vista si están fumando y dónde. No importan tus cálculos: al final se te acabarán sentando al lado,
indefectiblemente, acabarás tragándote el humo. Entonces dudarás si reclamar tus derechos, sabiendo que casi nunca te apoyan, o, cómo ocurre la mayor parte de las veces, simplemente callarás y “tolerarás”.
Choca que en 2025 todavía sea legal que menores y trabajadores de hostelería, así como el resto de la población, estemos expuestos al humo cancerígeno en los lugares donde se socializa y se comparte. Aún más incomprensible resulta que las tabaqueras mantengan una presencia cultural completamente normalizada en esos espacios simbólicos que amamos: el bar, la terraza, el restaurante, la venta. Por eso es precisamente en ellos donde hay que dar la batalla. “¡Son las terrazas, estúpido!”, parafraseando lo que James Carr le dijo a Bill Clinton cuando pintaban bastos para su reelección. Esta es la medida que de verdad cambia el juego del tabaquismo en nuestro país, la que desnormaliza su consumo. Romper el nudo ocio-tabaco es clave. Y para ello, necesitamos una hostelería sin tabaco, sin cigarrillos electrónicos, sin excepciones. Por supuesto, las multinacionales tabaqueras van a oponerse con todo su arsenal. Son compañías dañinas para la salud pública, cuya forma de operar es inseparable de sus orígenes esclavistas. Funcionan con un algoritmo de codicia pura que les hace combatir cualquier medida que reduzca su clientela. No estarán solas: contarán con la patronal hostelera, los estanqueros y los distribuidores de tabaco. Todos comen de los 60.000 muertos que deja el tabaco cada año en España.
Aunque sabemos que para tener un impacto real en la reducción del tabaquismo es importante aplicar una batería de medidas al unísono, si solo se pudieran aplicar cuatro medidas, las terrazas sin humo deberían ser la primera. Las otras tres: la equiparación legal con el tabaco tradicional de las nuevas formas de consumo, el empaquetado genérico y la subida drástica del precio de la cajetilla. No hablamos de ninguna propuesta radical. Se trata de la acción más poderosa, eficaz y valiente que puede adoptar hoy España para romper el ciclo de adicción y muerte. Ha llegado el momento de dar el paso decisivo: toda la hostelería debe ser 100% libre de humo, sin trampa ni cartón.
Australia ya lo hizo. No solo prohíbe fumar en interiores de bares y restaurantes, sino que todos sus estados han legislado restricciones al aire libre. En algunos lugares, como el Territorio de la Capital Australiana, se vetaron completamente las terrazas con humo ya en 2010. En otros, como Queensland, o Victoria, se prohíbe fumar donde se sirven comidas o bebidas. La tendencia es clara: eliminar el humo de toda la hostelería. Los resultados también. En 2022, solo el 10,6% de los adultos australianos fumaba a diario. En el año 2000 eran más del 22%. El impacto es brutal cuando se combina con precio y empaquetado.
En Europa también tenemos un claro ejemplo en Suecia, donde está prohibido fumar en las terrazas de hostelería desde 2019, a la vez que lleva décadas aplicando políticas de espacios sin humo en interiores y exteriores, además de otras medidas potentes de prevención del tabaquismo. El resultado es contundente: un país con la tasa de consumo d etabaco más baja de Europa.
Las terrazas son el Desembarco de Normandía frente a la industria tabaquera. Se lo decimos también a la ministra francesa de Sanidad, Catherine Vautrin, que acaba de prohibir fumar en playas, parques y entornos escolares. “Donde hay niños, el tabaco debe desaparecer”, afirmó. desgraciadamente luego añadió que la medida no afecta a las terrazas. Es un error. Francia, como España, sigue legitimando socialmente el tabaco donde más se ve: asociándolo al ocio, a la convivencia, a la normalidad. Esa distinción reproduce al pie de la letra el marketing de la industria: fumar al aire libre, en un ambiente relajado y social.
Las terrazas son su caballo de Troya. Lo que debió ser un avance sanitario se convirtió en un coladero de humo. Un trampantojo que dura ya más de una década con consecuencias letales.
Este paso, el de una hostelería 100% sin humo, es un auténtico game changer. No es una mejora cosmética. Es una transformación estructural. Supone retirar al tabaco del espacio donde más se socializa, más se ve y más se comparte. Supone desnormalizarlo por completo. Y, sobre todo, supone golpear el corazón de la estrategia comercial de las tabaqueras: las terrazas como vitrina cultural, como espacio de iniciación y como refugio simbólico. Prohibir el tabaco en ellas es romper el espinazo a un producto que nunca debió legalizarse.
Ya lo vimos en 2006 y en 2011. La patronal hostelera, aleccionada por las tabaqueras, predijo un apocalipsis si se prohibía fumar en interiores. Aseguraban que se hundirían los bares, que cerrarían miles de locales. Nada de eso ocurrió. La sociedad ha cambiado. Hoy, la mayoría quiere espacios limpios y saludables. Y los países que han dado este paso —Australia, Nueva Zelanda, Suecia, algunas regiones de EE. UU. — lo saben bien: es una medida ganadora en todos los planos.
Una hostelería sin humo es una sociedad más sana, más justa y más moderna. No es una utopía. Es una decisión política. Y es hora de tomarla. “ La evidencia es global, la decisión es local”.
